POEMAS DE RUBÉN DARÍO.
Poemas de Rubén Darío
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- A Juan Ramón Jiménez
- A Maestre Gonzalo de Berceo
- A Margarita Debayle
- A Phocás, el campesino
- A Roosevelt
- Al Rey Óscar
- Alaba los ojos negros de Julia
- Año nuevo
- Autumnal
- Blasón
- Bouquet
- Campoamor
- Canción de carnaval
- Canción de otoño en primavera
- Caracol
- Caso
- Catulle Mendés
- Caupolicán
- Coloquio de los centauros
- Cosas del Cid
- De invierno
- De otoño
- Del campo
- Del trópico
- Día de dolor
- Dice mía
- Divagación
- Divagaciones
- Dream
- El ala del cuervo
- El canto errante
- El faisán
- El país del sol
- El poeta pregunta por Stella
- El reino interior
- Elogio de la seguidilla
- Epístola
- Epitalamio bárbaro
- España
- Estival
- Gaita galaica
- Garconniere
- Heraldos
- Invernal
- Ite, missa est
- J.J. Palma
- La cabeza del rawí
- La calumnia
- La canción de la noche en el mar
- La cartuja
- La copa de las hadas
- La gitanilla
- La rosa niña
- Leconte de Lisle
- Leda
- Letanía de nuestro señor Don Quijote
- Lo fatal
- Los cisnes
- Los motivos del lobo
- Marcha triunfal
- Margarita
- Marina
- Mía
- Nocturno
- Palabras liminares
- Para la misma
- Para una cubana
- Pequeño poema infantil
- Poema del otoño
- Preludio
- Que el amor no admite cuerdas reflexiones
- Recreaciones arqueológicas
- Responso a Verlaine
- Retorno
- Rimas X
- Rimas XI
- Rimas XII
- Rimas XIV
- Rimas XV
- Salvador Díaz Mirón
- Sonatina
- Soneto
- Spes
- Tarde del trópico
- Thanatos
- Triste, muy tristemente
- Tú y yo
- Un soneto a Cervantes
- Venus
- Vesperal
- VII Trébol
- Walt Whitman
- XL Allá lejos
- XXVI ¡Aleluya!
- Yo persigo una forma...
- Canción
de Otoño en Primavera
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.
Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...
En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...
Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.
Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!
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